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sábado, 6 de octubre de 2012

El asesino




El culpable era defendido por un jovencísimo abogado, un novato que habló así:

-Los hechos son innegables, señores del jurado. Mi cliente, un hombre honesto, un empleado irreprochable, bondadoso y tímido, ha asesinado a su patrón en un arrebato de cólera que resulta incomprensible. ¿Me permiten ustedes hacer una sicología de este crimen, si puedo hablar así, sin atenuar nada, sin excusar nada? Después ustedes juzgarán.

Jean-Nicolas Lougère es hijo de personas muy honorables que hicieron de él un hombre simple y respetuoso. Este es su crimen: ¡el respeto! Este es un sentimiento, señores, que nosotros hoy ya no conocemos, del que únicamente parece quedar todavía el nombre, y cuya fuerza ha desaparecido. Es necesario entrar en determinadas familias antiguas y modestas, para encontrar esta tradición severa, esta devoción a la cosa o al hombre, al sentimiento o a la creencia revestida de un carácter sagrado, esta fe que no soporta ni la duda ni la sonrisa ni el roce de la sospecha. No se puede ser un hombre honesto, un hombre honesto de verdad, con toda la fuerza que este término implica, si no se es respetuoso. El hombre que respeta con los ojos cerrados, cree. Nosotros, con nuestros ojos muy abiertos sobre el mundo, que vivimos aquí, en este palacio de justicia que es la cloaca de la sociedad, donde vienen a parar todas las infamias, nosotros que somos los confidentes de todas las vergüenzas, los defensores consagrados de todas las miserias humanas, el sostén, por no decir los defensores de todos los bribones y de todos los desvergonzados, desde los príncipes hasta los vagabundos de los arrabales, nosotros que acogemos con indulgencia, con complacencia, con una benevolencia sonriente a todos los culpables para defenderlos delante de ustedes, nosotros que, si amamos verdaderamente nuestro oficio, armonizamos nuestra simpatía de abogado con la dimensión del crimen, nosotros ya no podemos tener el alma respetuosa. Vemos demasiado este río de corrupción que fluye de los más poderosos a los últimos pordioseros, sabemos muy bien cómo ocurre todo, cómo todo se da, cómo todo se vende. Plazas, funciones, honores, brutalmente a cambio de un poco de oro, hábilmente a cambio de títulos y de lotes de reparto en las empresas industriales, o simplemente por un beso de mujer. Nuestro deber y nuestra profesión nos fuerzan a no ignorar nada, a desconfiar de todo el mundo, ya que todo el mundo es sospechoso, y quedamos sorprendidos cuando nos encontramos enfrente de un hombre que tiene, como el asesino sentado delante de ustedes, la religión del respeto tan arraigada como para llegar a convertirse en un mártir.

Nosotros, señores, hacemos uso del honor igual que del aseo personal, por repugnancia a la bajeza, por un sentimiento de dignidad personal y de orgullo; pero no llevamos al fondo del corazón la fe ciega, innata, brutal, como este hombre. Déjenme contarles su vida.

Fue educado, como se educaba antaño a los niños, dividiendo en dos clases todos los actos humanos: lo que está bien y lo que está mal. Se le enseñó el bien, con una autoridad tan irresistible, que se le hizo distinguir del mal como se distingue el día de la noche. Su padre no pertenecía a esa raza de espíritus superiores que, mirando desde lo alto, ven los orígenes de las creencias y reconocen las necesidades sociales de donde nacen estas distinciones. Creció, pues, religioso y confiado, entusiasta e íntegro. Con veintidós años se casó. Se le hizo casar con una prima, educada como él, sencilla como él, pura como él. Tuvo cierta suerte inestimable de tener por compañía una honesta mujer virtuosa, es decir, lo que hay de más escaso y respetable en el mundo. Tenía hacia su madre la veneración que rodea a las madres en las familias patriarcales, el culto profundo que se reserva a las divinidades. Trasladó sobre su madre un poco de esta religión, apenas atenuada por las familiaridades conyugales. Y vivió en una ignorancia absoluta de la picardía, en un estado de rectitud obstinada y de tranquila dicha que hizo de él un ser aparte. No engañando a nadie, no sospechaba que se le pudiera engañar a él.

Algún tiempo antes de su boda había entrado como contable en la empresa del señor Langlais, asesinado por él hace unos días. Sabemos, señores del jurado, por los testimonios de la señora Langlais, de su hermano, el señor Perthuis, asociado de su marido, de toda la familia y de todos los empleados superiores de este banco, que Lougère fue un empleado modelo, ejemplo de probidad, de sumisión, de dulzura, de deferencia hacia sus jefes y ejemplo de regularidad. Se le trataba, por otra parte, con la consideración merecida por su conducta ejemplar. Estaba acostumbrado a este respeto y a la especie de veneración manifestada a la señora Lougère, cuyo elogio estaba en boca de todos.

Unos días después, ella murió de unas fiebres tifoideas. Él sintió seguramente un dolor profundo, pero un dolor frío y tranquilo en su corazón metódico. Sólo se vio en su palidez y en la alteración de sus rasgos hasta qué punto había sido herido. Entonces, señores, ocurrió algo muy natural. Este hombre estaba casado desde hacía diez años. Desde hacía diez años tenía la costumbre de sentir una mujer cerca de él, siempre. Estaba acostumbrado a sus cuidados, a esta voz familiar cuando uno llega a casa, al adiós de la tarde, a los buenos días de la mañana, a ese suave sonido del vestido, tan del gusto femenino, a esta caricia ora amorosa, ora maternal que alivia la existencia, a esta presencia amada que hace menos lento el transcurrir de las horas. Estaba también acostumbrado a la condescendencia material de la mesa, a todas las atenciones que no se notan y que se vuelven poco a poco indispensables. Ya no podía vivir solo. Entonces, para pasar las interminables tardes, cogió la costumbre de ir a sentarse una hora o dos a la cervecería vecina. Bebía un bock y se quedaba allí, inmóvil, siguiendo con una mirada distraída las bolas de billar corriendo una detrás de la otra bajo el humo de las pipas, escuchando, sin pensar en ello, las disputas de los jugadores, las discusiones de los vecinos sobre política y las carcajadas que provocaban a veces una broma pesada al otro extremo de la sala. Acababa a menudo por quedarse dormido de lasitud y aburrimiento. Pero tenía en el fondo de su corazón y de sus entrañas, la necesidad irresistible de un corazón y de un cuerpo de mujer; y sin pensarlo, se fue aproximando, un poco cada tarde, al mostrador donde reinaba la cajera, una rubia pequeña, atraído hacia ella invenciblemente por tratarse de una mujer.

Pronto conversaron, y él cogió la costumbre, muy agradable, de pasar todas las tardes a su lado. Era graciosa y atenta como se tiene que ser en estos amables ambientes, y se divertía renovando su consumición lo más a menudo posible, lo cual beneficiaba al negocio. Pero cada día Lougère se ataba más a esta mujer que no conocía, de la que ignoraba toda su existencia y que quiso únicamente porque no veía otra. La muchacha, que era astuta, pronto se dio cuenta que podría sacar partido de este ingenuo y buscó cuál sería la mejor forma de explotarlo. Lo más seguro era casarse.

A esta conclusión llegó sin remordimiento alguno.

Tengo que decirles, señores del jurado, que la conducta de esta chica era de lo más irregular y que la boda, lejos de poner freno a sus extravíos, pareció al contrario hacerla más desvergonzada. Por juego natural de la astucia femenina, pareció cogerle gusto a engañar a este honesto hombre con todos los empleados de su despacho. Digo "con todos". Tenemos cartas, señores. Pronto se convirtió en un escándalo público, que únicamente el marido, como todo, ignoraba. Al fin esta pícara, con un interés fácil de concebir, sedujo al hijo del mismísimo patrón, joven de diecinueve años, sobre cuyo espíritu y sentido tuvo pronto ella una influencia deplorable. El señor Langlais, que hasta ese momento tenía los ojos cerrados por la bondad, por amistad hacia su empleado, sintió, viendo a su hijo entre las manos, -debería decir entre los brazos de esta peligrosa criatura- una cólera legítima.

Cometió el error de llamar inmediatamente a Lougère y de hablarle impelido por su indignación paternal. Ya no me queda, señores, más que leerles el relato del crimen, formulado por los labios del mismo moribundo y recogido por la instrucción:

"Acababa de saber que mi hijo había donado, la misma víspera, diez mil francos a esta mujer y mi cólera ha sido más fuerte que mi razón. Verdaderamente, nunca he sospechado de la honorabilidad de Lougère, pero ciertas cegueras son más peligrosas que auténticas faltas.

Le hice pues llamar a mi lado y le dije que me veía obligado a privarme de sus servicios. Él permanecía de pie delante de mí, azorado, sin comprender. Terminó por pedir explicaciones con cierta vivacidad. Yo rechacé dárselas, afirmando que mis razones eran de naturaleza íntima. Él creyó entonces que yo tenía sospechas de su falta de delicadeza, y, muy pálido, me rogó, me requirió que me explicara. Convencido de esto, se mostró arrogante y se tomó el derecho de levantarme la voz.

Como yo seguía callado, me injurió, me insultó, llegó a tal grado de exasperación que yo temía que pasara a la acción. Ahora bien, de repente, con una palabra hiriente que me llegó a pleno corazón, le dije toda la verdad a la cara. Se quedó de pie algunos segundos, mirándome con ojos huraños; después le vi coger de su despacho las largas tijeras que utilizo para recortar el margen de algunos documentos; a continuación le vi caer sobre mí con el brazo levantado, y sentí entrar algo en mi garganta, encima del pecho, sin sentir ningún dolor."

He aquí, señores del jurado, el sencillo relato de su muerte. ¿Qué más se puede decir para su defensa? Él ha respetado a su segunda mujer con ceguera porque había respetado a la primera con la razón.

Después de una corta deliberación, el acusado fue absuelto.
Guy de Maupassant

martes, 14 de diciembre de 2010

Artistas y modelos (Anaïs Nin)


Una mañana me llamaron de un estudio de Greenwich Village, donde un escultor daba comienzo a una estatuilla. Se llamaba Millard. Tenía ya un boceto de la figura que se proponía moldear, y para la fase siguiente necesitaba una modelo.


La estatuilla llevaba un vestido ajustado que dejaba ver cada línea y cada curva del cuerpo. El escultor me pidió que me desnudara completamente, pues su trabajo así lo requería. Parecía tan absorto por la estatuilla y me miraba con expresión tan ausente que fui capaz de desvestirme y posar sin dudarlo. Aunque por entonces yo era bastante inocente, me hizo sentir como si mi cuerpo no fuera distinto de mi rostro, como si yo fuera igual que la estatuilla.


Mientras Millard trabajaba, hablaba de su vida anterior en Montparnasse, y el tiempo transcurría con rapidez. No sé si con sus historias pretendía excitar mi imaginación, pero no dio señales de interesarse por mí. Gozaba recreando la atmósfera de Montparnasse para sí mismo. He aquí una de las historias que me contó.


"La esposa de un pintor moderno era ninfómana. Creo que estaba tuberculosa. Tenía una cara blanca como el yeso, ardientes ojos negros profundamente hundidos en su rostro, párpados pintados de verde. Poseía una voluptuosa figura, que cubría sugestivamente de raso negro. Su cintura era estrecha en relación al resto de su cuerpo. La rodeaba un cinturón griego de plata, de unos quince centímetros de anchura, con piedras incrustadas. Este cinturón era fascinante. Era como el cinturón de un esclavo. Uno sentía que, en lo profundo de su ser, ella era una esclava, una esclava de su apetito sexual, que abrir el cinturón era todo cuanto había que hacer para que se dejara caer en los brazos de cualquiera. Se parecía mucho al cinturón de castidad que, según se decía, los cruzados ponían a sus esposas. Había uno en el Musée Cluny: un cinturón de plata muy ancho con un accesorio colgante que cubría el sexo y lo dejaba cerrado mientras durasen las cruzadas. Alguien me contó la deliciosa historia del cruzado que colocó un cinturón de castidad a su esposa y dejó la llave al cuidado de su mejor amigo, por si él moría. Apenas había cabalgado unas millas, cuando vio a su amigo galopando furiosamente tras él y gritándole:


"¡Me has dado una llave equivocada!"


Tales eran los sentimientos que despertaba el cinturón de Louise en todos los hombres. Al verla entrar en el café, con sus ojos que nos miraban, hambrientos, buscando una respuesta, una invitación para sentarse, sabíamos que había salido en busca de la caza del día. También su marido lo sabía. Hacía un papel lamentable, siempre buscándola, y sus amigos le decían que estaba en otro y luego en otro café lo que le daba tiempo para encerrarse en una habitación de hotel con alguien. Entonces todo el mundo trataba de comunicarle que su marido estaba buscándola. Al fin, desesperado, empezó a pedir a sus mejores amigos que se acostaran con ella, para que al menos no cayera en manos extrañas.


Los extranjeros le inspiraban temor, sobre todo los sudamericanos, los negros y los cubanos. Había oído comentarios acerca de la extraordinaria capacidad sexual de estos hombres, y presentía que si su mujer caía en manos de uno de ellos nunca volvería a él. De todas formas, después de haberse acostado con todos sus amigos, Louise conoció a un extranjero.


Era un cubano, un hombretón moreno, extraordinariamente atractivo, con el pelo largo y lacio, a la manera de un hindú y con un rostro hermoso, pleno y noble. Vivía en el Dome hasta que encontraba a una mujer a la que deseaba.

Entonces desaparecía durante dos o tres días, se encerraba en la habitación de un hotel y no volvía a aparecer hasta que ambos estaban saciados. Hacía de la mujer una fiesta tan completa que no quería volverla a ver. Cuando todo había concluido, volvía a vérsele sentado en el café, conversando brillantemente. Además, era un notable pintor de frescos.


Cuando se encontraron Louise y él, Antonio quedó poderosamente fascinado por la blancura de aquella piel, la turgencia de los senos, el gentil talle y el largo, lacio y denso cabello rubio. Ella, por su parte, quedó prendada de su cabeza y su cuerpo vigoroso, de su lentitud y su soltura. Antonio se reía por cualquier cosa.


Daba la sensación de que prescindía del mundo entero y que sólo existía el goce sensual; que no habría un mañana ni más encuentros con nadie; que sólo contaba aquella habitación, aquella tarde, aquel lecho.


Ella permanecía de pie junto a la gran cama de hierro, aguardando. Antonio le dijo:

–Déjate puesto el cinturón.


Y empezó a arrancarle lentamente la ropa. Con calma, sin esfuerzo, la hizo jirones como si fuera de papel. Louise temblaba ante la fuerza de sus manos. Se quedó de pie, desnuda, pero con el pesado cinturón de plata. Antonio le soltó el cabello, que se derramó sobre sus hombros. Y sólo entonces le dobló la espalda sobre la cama y la besó interminablemente, con las manos sobre sus pechos. Ella sintió el doloroso peso del cinturón de plata y de las manos del hombre que apretaban con tanta fuerza su carne desnuda. Su hambre de sexo crecía como una locura hacia su cabeza, cegándola. Era tan urgente que no podía esperar. No podía esperar a que él se desvistiera. Pero Antonio ignoraba sus movimientos de impaciencia. No sólo continuó besándola como si se le estuviera bebiendo la boca, la lengua y la respiración, con su boca grande y negra, sino que sus manos la maltrataban, apretaban profundamente su carne, dejando marcas dolorosas en todas partes. Ella, húmeda y temblorosa, abría las piernas e intentaba montar sobre él y desabrocharle los pantalones.


–Hay tiempo –dijo Antonio–. Tenemos mucho tiempo. Vamos a quedarnos en esta habitación días enteros. Hay tiempo de sobra para los dos.


Se apartó y se desnudó. Tenía un cuerpo moreno dorado, y un pene tan suave como el resto de su persona; grande y firme como un bastón de madera pulida.


Ella se lanzó sobre el miembro y lo tomó en la boca. Los dedos de Antonio llegaban a todas partes, al ano y al sexo; su lengua, al interior de su boca y a sus orejas. Le mordió los pezones, le besó y le mordió el vientre. Ella trataba de satisfacer su apetito restregándose contra la pierna del hombre, pero él no se lo permitía. La doblaba como si fuera de goma, la forzaba a todas las posturas. Con sus dos fuertes manos tomaba de ella las partes que más le apetecían, y las acercaba a su boca como si se tratara de comida, sin tener en cuenta la posición del resto del cuerpo. De este modo tomó las nalgas entre sus manos, las levantó a la altura de su boca, las mordió y le besó el sexo.

–¡Tómame, Antonio –imploró ella–, no puedo esperar!


viernes, 10 de diciembre de 2010

Paul Auster - El Cuaderno Rojo (y final)



13

Un número equivocado inspiro mi pri­mera novela. Una tarde estaba solo en mi apartamento de Brooklyn, intentando tra­bajar en mi escritorio, cuando sonó el telé­fono. Si no me engaño, era la primavera de 1980, no muchos días después de que encontrara la moneda de diez centavos frente al Shea Stadium.

Descolgué, y al otro lado de la línea un hombre me preguntó si hablaba con la Agencia de Detectives Pinkerton. Le dije que no, que se había equivocado de nú­mero, y colgué. Luego volví a mi trabajo y me olvidé de la llamada.

El teléfono volvió a sonar la tarde si­guiente. Resultó que era el mismo indivi­duo y me hacía la misma pregunta que el día anterior: “¿Agencia Pinkerton?” Volví a decirle que no, volví a colgar. Pero esta vez me quedé pensando qué hubiera suce­dido si le hubiera respondido que sí. ¿Y si me hubiera hecho pasar por un detective de la Agencia Pinkerton?, me preguntaba. ¿Qué habría sucedido si me hubiera encar­gado del caso?

A decir verdad, sentí que había desper­diciado una oportunidad única. Si ese individuo volviera a llamar, me dije, por lo menos hablaría un poco con él e intenta­ría averiguar qué quería. Esperé a que el teléfono sonara otra vez, pero la tercera llamada nunca se produjo.

Después de aquello, empecé a darle vueltas a la cabeza, y poco a poco se me abrió un mundo lleno de posibilidades. Cuando me senté a escribir La ciudad de cristal un año después, el número equivo­cado se había transformado en el suceso crucial del libro, el error que pone en marcha toda la historia. Un hombre lla­mado Quinn recibe una llamada telefónica de alguien que quiere hablar con Paul Auster, detective privado. Tal y como yo hice, Quinn responde que se han equivocado de número. A la noche siguiente, pasa exacta­mente lo mismo: Quinn cuelga otra vez. Pero, al contrario que yo, Quinn tiene otra oportunidad. Cuando el teléfono suena la tercera noche, Quinn le sigue el juego al que llama, y se hace cargo de la investiga­ción. Sí, dice, yo soy Paul Auster: entonces comienza la locura.

Quería, sobre todo, permanecer fiel a mi primer impulso. Si no me ceñía estrictamente a la verdad de los hechos, escribir ese libro carecía de sentido. Así que debía implicarme en el desarrollo de la historia (o implicar a alguien que se me pareciera, que se llamara como yo), y escribir sobre detectives que no eran detectives, sobre suplantación de personalidad, sobre miste­rios irresolubles. Para bien o para mal, sentí que no tenía elección.

Muy bien. Terminé el libro hace diez años, y desde entonces me he dedicado a otros proyectos, otras ideas, otros libros. Pero, hace menos de dos meses, descubrí que los libros no se terminan nunca, que es posible que las historias continúen es­cribiéndose a sí mismas sin autor.

Estaba solo en mi apartamento de Brooklyn aquella tarde, intentando traba­jar ante mi escritorio, cuando el teléfono sonó. Era un apartamento distinto del que tenía en 1980: otro apartamento con otro número de teléfono. Descolgué el auricu­lar y, al otro lado de la línea, un hombre me preguntó si podía hablar con el señor Quinn. Tenía acento español y no reco­nocí su voz. Por un momento pensé que era un amigo que quería tomarme el pelo. “¿El señor Quinn?”, dije. “¿Es una broma o qué?”

No, no era una broma. Aquel hombre llamaba completamente en serio. Quería hablar con el señor Quinn, y me rogaba que le pasara el teléfono. Le pedí, para es­tar seguro, que me deletreara el nombre. Tenía un acento muy fuerte, y yo esperaba que quisiera hablar con el señor Queen. Pero no tuve tanta suerte: “Q-U-I-N-N”, respondió el hombre. Me asusté y, durante unos segundos, no pude articular palabra. “Lo siento”, dije por fin, “aquí no vive nin­gún señor Quinn. Se ha equivocado de nú­mero.” El hombre se disculpó por ha­berme molestado y colgamos.

Esto ha sucedido de verdad. Como todo lo que he escrito en este cuaderno rojo, es una historia verdadera.

Paul Auster 1992

jueves, 9 de diciembre de 2010

Paul Auster - El Cuaderno Rojo (y 12)


12

Una tarde de hace muchos años a mi padre se le caló el coche en un semáforo en rojo. Se había desencadenado una terri­ble tormenta y, en el preciso momento en que el motor fallaba, un rayo alcanzó un gran árbol de la calle. El tronco del árbol se partió en dos y, cuando mi padre se es­forzaba en volver a arrancar el motor (sin darse cuenta de que la mitad superior del árbol estaba a punto de desprenderse), el conductor del coche que lo seguía, viendo lo que iba a suceder, pisó el acelerador y empujó el coche de mi padre más allá del cruce. Un instante después, el árbol se es­trellaba contra el suelo, en el sitio exacto que había ocupado el coche de mi padre. Lo que estuvo a punto de convertirse en su final, milagrosamente no pasó de ser una anécdota en la historia inacabada de su vida.

Un año o dos más tarde, mi padre es­taba trabajando en el tejado de un edificio en Nueva Jersey. No sé cómo (yo no es­taba presente), resbaló del alero y se precipitó al vacío. Otra vez iba de cabeza al de­sastre, y otra vez se salvó. Un tendedero frenó su caída, y escapó del accidente con apenas unos chichones y algunas magulla­duras. Ni siquiera una conmoción. Ni si­quiera un hueso roto.

Ese mismo año nuestros vecinos de en­frente encargaron a dos hombres que pintaran su casa. Uno de los trabajadores se cayó del tejado y se mató.

Resulta que la niña que vivía en aque­lla casa era la mejor amiga de mi her­mana. Una noche de invierno, fueron jun­tas a una fiesta de disfraces (tenían seis o siete años, y yo tenía nueve o diez). Mi pa­dre había quedado en recogerlas después de la fiesta, y, a la hora convenida, yo lo acompañé en el coche. Aquella noche hacía un frío que pelaba, y las calles estaban cubiertas por traicioneras capas de hielo. Mi padre condujo con prudencia, e hici­mos sin problemas el trayecto de ida y vuelta. Pero cuando nos detuvimos frente a la casa de la niña, de repente se desenca­denó una serie de acontecimientos invero­símiles.

La amiga de mi hermana iba disfrazada de princesa de cuento de hadas. Para com­pletar el disfraz, había cogido un par de za­patos de tacón de su madre, y, como le bailaban los pies en aquellos zapatos, cada paso que daba se convertía en una aven­tura. Mi padre paró el coche y se apeó para acompañarla hasta su puerta. Yo iba detrás con las chicas, y, para dejar salir a la amiga de mi hermana, me tuve que ba­jar primero. Me recuerdo de pie en la acera mientras ella conseguía salir, y, en el momento en que la niña sacaba el pie, noté que el coche se deslizaba lentamente marcha atrás, quizá por el hielo, quizá por­que mi padre había olvidado echar el freno de mano (no lo sé); pero, antes de que pudiera avisar a mi padre de lo que pasaba, la amiga de mi hermana apoyó en la acera los tacones de su madre y se res­baló. Cayó bajo el coche -que seguía mo­viéndose-, estaba a punto de morir aplas­tada por las ruedas del Chevrolet de mi padre. Por lo que puedo recordar, no hizo el menor ruido. Sin pararme a pensar me agaché, le cogí con fuerza la mano dere­cha y de un tirón la subí a la acera. Un ins­tante después, mi padre notó por fin que el coche se movía. Saltó al asiento del con­ductor, puso el freno y detuvo el coche. Desde el principio hasta el final, la cadena completa de desgracias no debió de durar más de ocho o diez segundos.

Durante años he tenido la sensación de que éste había sido el momento más hermoso de mi vida. Había salvado la vida de una persona, y, retrospectivamente, siempre me ha sorprendido la rapidez con que reaccioné, la seguridad de mis movimientos en aquella situación crítica. Volvía a imaginarme el salvamento una y otra vez; una y otra vez revivía la sensación de sacar a la niña de debajo del coche.

Un par de años después de aquella noche, nuestra familia se mudó de casa. Mi hermana perdió el contacto con su amiga, y yo no volví a verla hasta quince años más tarde.

Era junio, y mi hermana y yo habíamos vuelto a la ciudad a pasar unos días. Por casualidad su antigua amiga apareció y nos saludó. Había crecido mucho, ahora era una joven de veintidós años recién li­cenciada, y debo decir que sentí un cierto orgullo al ver que había llegado a adulta sana y salva. Sin darle importancia, hice alusión a la noche en que la había sacado de debajo del coche. Tenía curiosidad por saber cómo recordaba su encuentro con la muerte, pero por la expresión de su cara cuando le hice la pregunta era evidente que no recordaba nada. Una mirada vaga. Un leve fruncimiento de cejas. Un encogi­miento de hombros. ¡No recordaba nada!

Entonces me di cuenta de que no se había enterado de que el coche se movía. Ni siquiera se había enterado de que es­taba en peligro. Todo el incidente había durado lo que dura un relámpago: diez se­gundos de su vida, un intervalo sin conse­cuencias, que no había dejado en ella el menor rastro. Para mí, sin embargo, aquellos segundos habían sido una experiencia definitiva, un acontecimiento extraordina­rio de mi historia íntima. Lo que más me asombra es admitir que estoy hablando de algo que sucedió en 1956 o 1957, y que la niña de aquella noche tiene ahora más de cuarenta años.