sábado, 6 de octubre de 2012

El asesino




El culpable era defendido por un jovencísimo abogado, un novato que habló así:

-Los hechos son innegables, señores del jurado. Mi cliente, un hombre honesto, un empleado irreprochable, bondadoso y tímido, ha asesinado a su patrón en un arrebato de cólera que resulta incomprensible. ¿Me permiten ustedes hacer una sicología de este crimen, si puedo hablar así, sin atenuar nada, sin excusar nada? Después ustedes juzgarán.

Jean-Nicolas Lougère es hijo de personas muy honorables que hicieron de él un hombre simple y respetuoso. Este es su crimen: ¡el respeto! Este es un sentimiento, señores, que nosotros hoy ya no conocemos, del que únicamente parece quedar todavía el nombre, y cuya fuerza ha desaparecido. Es necesario entrar en determinadas familias antiguas y modestas, para encontrar esta tradición severa, esta devoción a la cosa o al hombre, al sentimiento o a la creencia revestida de un carácter sagrado, esta fe que no soporta ni la duda ni la sonrisa ni el roce de la sospecha. No se puede ser un hombre honesto, un hombre honesto de verdad, con toda la fuerza que este término implica, si no se es respetuoso. El hombre que respeta con los ojos cerrados, cree. Nosotros, con nuestros ojos muy abiertos sobre el mundo, que vivimos aquí, en este palacio de justicia que es la cloaca de la sociedad, donde vienen a parar todas las infamias, nosotros que somos los confidentes de todas las vergüenzas, los defensores consagrados de todas las miserias humanas, el sostén, por no decir los defensores de todos los bribones y de todos los desvergonzados, desde los príncipes hasta los vagabundos de los arrabales, nosotros que acogemos con indulgencia, con complacencia, con una benevolencia sonriente a todos los culpables para defenderlos delante de ustedes, nosotros que, si amamos verdaderamente nuestro oficio, armonizamos nuestra simpatía de abogado con la dimensión del crimen, nosotros ya no podemos tener el alma respetuosa. Vemos demasiado este río de corrupción que fluye de los más poderosos a los últimos pordioseros, sabemos muy bien cómo ocurre todo, cómo todo se da, cómo todo se vende. Plazas, funciones, honores, brutalmente a cambio de un poco de oro, hábilmente a cambio de títulos y de lotes de reparto en las empresas industriales, o simplemente por un beso de mujer. Nuestro deber y nuestra profesión nos fuerzan a no ignorar nada, a desconfiar de todo el mundo, ya que todo el mundo es sospechoso, y quedamos sorprendidos cuando nos encontramos enfrente de un hombre que tiene, como el asesino sentado delante de ustedes, la religión del respeto tan arraigada como para llegar a convertirse en un mártir.

Nosotros, señores, hacemos uso del honor igual que del aseo personal, por repugnancia a la bajeza, por un sentimiento de dignidad personal y de orgullo; pero no llevamos al fondo del corazón la fe ciega, innata, brutal, como este hombre. Déjenme contarles su vida.

Fue educado, como se educaba antaño a los niños, dividiendo en dos clases todos los actos humanos: lo que está bien y lo que está mal. Se le enseñó el bien, con una autoridad tan irresistible, que se le hizo distinguir del mal como se distingue el día de la noche. Su padre no pertenecía a esa raza de espíritus superiores que, mirando desde lo alto, ven los orígenes de las creencias y reconocen las necesidades sociales de donde nacen estas distinciones. Creció, pues, religioso y confiado, entusiasta e íntegro. Con veintidós años se casó. Se le hizo casar con una prima, educada como él, sencilla como él, pura como él. Tuvo cierta suerte inestimable de tener por compañía una honesta mujer virtuosa, es decir, lo que hay de más escaso y respetable en el mundo. Tenía hacia su madre la veneración que rodea a las madres en las familias patriarcales, el culto profundo que se reserva a las divinidades. Trasladó sobre su madre un poco de esta religión, apenas atenuada por las familiaridades conyugales. Y vivió en una ignorancia absoluta de la picardía, en un estado de rectitud obstinada y de tranquila dicha que hizo de él un ser aparte. No engañando a nadie, no sospechaba que se le pudiera engañar a él.

Algún tiempo antes de su boda había entrado como contable en la empresa del señor Langlais, asesinado por él hace unos días. Sabemos, señores del jurado, por los testimonios de la señora Langlais, de su hermano, el señor Perthuis, asociado de su marido, de toda la familia y de todos los empleados superiores de este banco, que Lougère fue un empleado modelo, ejemplo de probidad, de sumisión, de dulzura, de deferencia hacia sus jefes y ejemplo de regularidad. Se le trataba, por otra parte, con la consideración merecida por su conducta ejemplar. Estaba acostumbrado a este respeto y a la especie de veneración manifestada a la señora Lougère, cuyo elogio estaba en boca de todos.

Unos días después, ella murió de unas fiebres tifoideas. Él sintió seguramente un dolor profundo, pero un dolor frío y tranquilo en su corazón metódico. Sólo se vio en su palidez y en la alteración de sus rasgos hasta qué punto había sido herido. Entonces, señores, ocurrió algo muy natural. Este hombre estaba casado desde hacía diez años. Desde hacía diez años tenía la costumbre de sentir una mujer cerca de él, siempre. Estaba acostumbrado a sus cuidados, a esta voz familiar cuando uno llega a casa, al adiós de la tarde, a los buenos días de la mañana, a ese suave sonido del vestido, tan del gusto femenino, a esta caricia ora amorosa, ora maternal que alivia la existencia, a esta presencia amada que hace menos lento el transcurrir de las horas. Estaba también acostumbrado a la condescendencia material de la mesa, a todas las atenciones que no se notan y que se vuelven poco a poco indispensables. Ya no podía vivir solo. Entonces, para pasar las interminables tardes, cogió la costumbre de ir a sentarse una hora o dos a la cervecería vecina. Bebía un bock y se quedaba allí, inmóvil, siguiendo con una mirada distraída las bolas de billar corriendo una detrás de la otra bajo el humo de las pipas, escuchando, sin pensar en ello, las disputas de los jugadores, las discusiones de los vecinos sobre política y las carcajadas que provocaban a veces una broma pesada al otro extremo de la sala. Acababa a menudo por quedarse dormido de lasitud y aburrimiento. Pero tenía en el fondo de su corazón y de sus entrañas, la necesidad irresistible de un corazón y de un cuerpo de mujer; y sin pensarlo, se fue aproximando, un poco cada tarde, al mostrador donde reinaba la cajera, una rubia pequeña, atraído hacia ella invenciblemente por tratarse de una mujer.

Pronto conversaron, y él cogió la costumbre, muy agradable, de pasar todas las tardes a su lado. Era graciosa y atenta como se tiene que ser en estos amables ambientes, y se divertía renovando su consumición lo más a menudo posible, lo cual beneficiaba al negocio. Pero cada día Lougère se ataba más a esta mujer que no conocía, de la que ignoraba toda su existencia y que quiso únicamente porque no veía otra. La muchacha, que era astuta, pronto se dio cuenta que podría sacar partido de este ingenuo y buscó cuál sería la mejor forma de explotarlo. Lo más seguro era casarse.

A esta conclusión llegó sin remordimiento alguno.

Tengo que decirles, señores del jurado, que la conducta de esta chica era de lo más irregular y que la boda, lejos de poner freno a sus extravíos, pareció al contrario hacerla más desvergonzada. Por juego natural de la astucia femenina, pareció cogerle gusto a engañar a este honesto hombre con todos los empleados de su despacho. Digo "con todos". Tenemos cartas, señores. Pronto se convirtió en un escándalo público, que únicamente el marido, como todo, ignoraba. Al fin esta pícara, con un interés fácil de concebir, sedujo al hijo del mismísimo patrón, joven de diecinueve años, sobre cuyo espíritu y sentido tuvo pronto ella una influencia deplorable. El señor Langlais, que hasta ese momento tenía los ojos cerrados por la bondad, por amistad hacia su empleado, sintió, viendo a su hijo entre las manos, -debería decir entre los brazos de esta peligrosa criatura- una cólera legítima.

Cometió el error de llamar inmediatamente a Lougère y de hablarle impelido por su indignación paternal. Ya no me queda, señores, más que leerles el relato del crimen, formulado por los labios del mismo moribundo y recogido por la instrucción:

"Acababa de saber que mi hijo había donado, la misma víspera, diez mil francos a esta mujer y mi cólera ha sido más fuerte que mi razón. Verdaderamente, nunca he sospechado de la honorabilidad de Lougère, pero ciertas cegueras son más peligrosas que auténticas faltas.

Le hice pues llamar a mi lado y le dije que me veía obligado a privarme de sus servicios. Él permanecía de pie delante de mí, azorado, sin comprender. Terminó por pedir explicaciones con cierta vivacidad. Yo rechacé dárselas, afirmando que mis razones eran de naturaleza íntima. Él creyó entonces que yo tenía sospechas de su falta de delicadeza, y, muy pálido, me rogó, me requirió que me explicara. Convencido de esto, se mostró arrogante y se tomó el derecho de levantarme la voz.

Como yo seguía callado, me injurió, me insultó, llegó a tal grado de exasperación que yo temía que pasara a la acción. Ahora bien, de repente, con una palabra hiriente que me llegó a pleno corazón, le dije toda la verdad a la cara. Se quedó de pie algunos segundos, mirándome con ojos huraños; después le vi coger de su despacho las largas tijeras que utilizo para recortar el margen de algunos documentos; a continuación le vi caer sobre mí con el brazo levantado, y sentí entrar algo en mi garganta, encima del pecho, sin sentir ningún dolor."

He aquí, señores del jurado, el sencillo relato de su muerte. ¿Qué más se puede decir para su defensa? Él ha respetado a su segunda mujer con ceguera porque había respetado a la primera con la razón.

Después de una corta deliberación, el acusado fue absuelto.
Guy de Maupassant

lunes, 1 de octubre de 2012

El Libro de Thel




El Lema de Thel.

¿Sabe el águila lo que está en el foso
o irás a preguntárselo al topo?
¿Puede la sabiduría encerrarse en un cetro
y el amor en un cuenco dorado?

I.

Las hijas de Mne. Seraphim cuidaban sus soleados rebaños, con excepción de la más joven que, lívida, buscaba la brisa secreta para desvanecerse como la belleza matutina de su día mortal.
A largo del río de Adona se oye su delicada voz.
De esta manera cae su tierno lamento, similar al rocío de la aurora:

¡Oh vida de esta primavera nuestra! ¿Porqué se marchita el loto sobre el agua?
¿Porqué se marchitan estos hijos de la primavera, nacidos sólo para sonreír y caer?

Ah, Thel es como un arco acuoso, como una nube que se aleja, como la imagen en un espejo, como sombra en el agua, como el sueño del infante, como la risa en el rostro juvenil, como la voz de la paloma, como el día fugitivo, como la música en el aire.
Ah, dulcemente desearía yacer, con ternura posar mi cabeza y dormir el sueño de la muerte, escuchando la voz de aquel que se pasea por el Jardín de la noche.

El lirio del valle, que respiraba confundiéndose con la modesta hierba, respondió así a la hermosa doncella:

Soy una brizna acuosa, y pequeñísima, a quien gusta habitar las tierras bajas. Tan débil soy, que la dorada mariposa apenas puede posarse sobre mi cabeza. Sin embargo, recibo visitas del cielo. Aquel que a todos sonríe camina por el valle, y cada mañana sobre mi extiende su mano diciéndome:

Regocíjate, humilde hierba, flor de lirio recién nacida, gentil doncella de los prados silenciosos y de los tímidos arroyos, pues de luz te habrán de vestir y te alimentarás con el maná de la aurora; hasta que el calor del verano te derrita junto a las fuentes y los manantiales, para florecer en eternos valles. ¿Porqué pues, habría de lamentarse Thel? ¿Porqué dejaría escapar un suspiro la Señora de los valles de Har?

Calló y sonrió entre lágrimas, antes de sentarse en su altar de plata.

Respondió Thel:

Oh, tú, pequeña virgen del tranquilo valle, que das a quienes no pueden implorar, a los sin voz, a los exhaustos; tu aliento nutre al inocente cordero que huele tus prendas lácteas, y cosecha tus flores mientras tu le sonríes al rostro, limpiando en su tierna y mansa boca toda mácula. Tu vino purifica la áurea miel; el aroma que viertes sobre cada hoja de hierba, anima el alma de las reses, y doma al corcel de flamígero aliento. Pero Thel es como una desfalleciente nube que el sol nuevo ilumina: me esfumo en mi trono perlado. ¿Quién podrá hallar mi lugar?

Pregunta a mi tierna nube, reina de los valles -respondió el lirio.- y te dirá porqué rutila en el cielo matutino, y porqué siembra su belleza brillante en el aire húmedo. Desciende, pequeña nube, desciende sobre los ojos de Thel.

Bajó la nube; el lirio inclinó su tímida cabeza, y se retiró a descansar sobre la hierba.

II.

Oh, pequeña nube, -dijo la virgen- te conmino a que reveles porqué no te quejas cuando en una hora te desvaneces. Cuando el instante pasa, te buscamos sin poder hallarte. Ah, similar eres a Thel, ya que cuando me voy, nadie me lamenta, nadie escucha mi voz.

La nube reveló entonces su dorada cabeza, y así surgió en su refulgente forma, flotando resplandeciente en el aire, ante el rostro de Thel.

Oh, virgen, ¿acaso ignoras que nuestros corceles beben en los manantiales dorados, dónde Luvah renueva sus caballos? ¿Has contemplado mi juventud y temes que me desvanezca y nadie pueda ya verme? Nada permanece, doncella. Al morir me dirijo a una vida decuplicada en amor, paz, y sagrado éxtasis. Invisible desciendo y poso mis ligeras alas sobre las flores aromáticas, seduciendo al rocío de bello mirar, para que consigo me lleve a su fulgurante morada. La llorosa virgen, temblorosa, se arrodilla ante el sol que se eleva hasta que nos levantamos, unidas por una cinta de oro, para no separarnos jamás, llevando por siempre el alimento a nuestras tiernas flores.

¿Eso haces, pequeña nube? Me temo que no soy como tú. Yo paseo por los prados de Har saboreando las flores más fragantes, pero no alimento trémulas hierbas; escucho las aves cantoras, pero no las nutro; ellas mismas vuelan en busca de sustento. Sin embargo, Thel ya no se deleita con ello, pues lentamente se va desvaneciendo, y todos dirán: ¿habrá vivido tan sólo para convertirse en hogar de lascivos gusanos?

La nube se reclinó en su aéreo trono, y así repuso:

Si has de ser alimento de gusanos, virgen de los cielos, ¡cuánta será tu utilidad! ¡Qué amplia tu gracia! Nada de cuanto vive existe para sí mismo. Nada temas, pequeña. Llamaré al débil gusano que en su lecho subterráneo yace, para que oigas su voz. ¡Acude gusano, larva del silente valle, junto a tu pensativa reina!

El indefenso gusano se asomó, y fue a detenerse sobre la hoja del lirio. La nube refulgente voló para encontrarse con su compañero en el valle.

III.

Thel contempló asombrada al gusano en su lecho, bañado de rocío.
¿Gusano eres? Tú, emblema de la fragilidad, ¿eres sólo un gusano? Te veo como un niño envuelto en la hoja de lirio. Ah, no llores, diminuto, que si no puedes hablar eres capaz de llorar. ¿Es esto un gusano? Te veo, inerme y desnudo, llorando sin que nadie te responda, sin que nadie te reconforte con maternal sonrisa.

Inclinándose sobre el lloroso infante, la madre del gusano su vida exhaló en lácteo afecto. Luego dirigió a Thel sus humildes ojos.

Oh, belleza de los valles de Har -dijo el gusano.- No vivimos para nosotros mismos. Ante ti tienes a la cosa más irrisoria, pues eso soy en realidad; mi seno está frío de sí mismo, y de sí mismo oscuro. Pero aquel que lo humilde ama, unge mi cabeza y me besa, tendiendo sus cintas nupciales en torno a mi pecho, mientras dice: Madre de mis hijos, te he amado y te he regalado una corona que nadie podrá arrebatarte.
Cómo es esto, dulce doncella, es algo que ignoro y que averiguar no puedo. Reflexiono y no puedo pensar. Sin embargo, vivo y amo.

La Hija de la Belleza enjuagó sus compasivas lágrimas con su velo blanco, diciendo:

Ay, nada sabía de esto, y en consecuencia lloraba. Sabía, sí, que Dios amaba al gusano y que castigaba al pie malvado, si caprichosamente hería su indefenso cuerpo; pero que le regalara con leche y aceite, lo ignoraba, y de ahí mi llanto. Al aire tibio lanzaba mi queja porque me esfumaba, tendida en tu lecho yerto dejaba mi luminoso reino.

Reina de los valles, -repuso el terroso gusano- he oído tus suspiros, tus lamentos sobrevolaron mi tejado y los llamé para que bajaran. ¿Quieres, oh reina, entrar en mi casa? Dueña eres de penetrar en ella, y de volver. Nada temas. Entra con tus virginales pies.

IV.


El formidable centinela de las eternas puertas alzó la barra septentrional.


Entró Thel, y contempló los secretos de la ignota tierra; vio los lechos de los muertos y el sitio donde la raíz de cada corazón terreno hinca su incansable vibrar. Tierra de pesares y lágrimas, donde jamás se viera una sonrisa.


Erró por el país de las nubes atravesando oscuros valles y escuchando gemidos y lamentos. A menudo se detenía cerca de una tumba, de rocío bañada.


Permaneció en silencio para oír las voces de la tierra. Finalmente, a su propia tumba llegó, y cerca de ella se sentó.


Escuchó entonces aquella voz del dolor que alentaba en la hueca fosa.


¿Porqué es incapaz el oído de permanecer cerrado a su propia destrucción, y el rutilante ojo al veneno de una sonrisa?

¿Porqué están cargados los párpados de flechas, donde mil guerreros al acecho yacen?
¿Porqué está el ojo lleno de dones y gracias que siembran frutos y monedas de oro?
¿Porqué la lengua se endulza con la miel de todos los vientos?
¿Porqué es el oído un torbellino afanoso que pretende envolver en su seno a toda la creación?
¿Porqué la nariz se dilata al inhalar el terror, temblorosa y espantada?
¿Porqué un suave ondular sobre el muchacho levemente?
¿Porqué una tenue cortina de carne yace sobre el lecho de nuestro deseo?

La virgen dejó su asiento y, lanzando un grito, huyó desesperada, hasta llegar a los valles de Har.
William Blake.

viernes, 28 de septiembre de 2012

Arenas blancas




Arenas blancas que os tragáis mis sueños
tan fácilmente como un gato engulle su comida,
por favor dejar que me explique para que no
volváis a desprenderme de mis oníricas escapadas
en vuestro mundo de finas piezas de rompecabezas.

Lo primero que habéis de saber es que soy libre,
tanto para ahogar mi alma como para enamorar
mis sentimientos adornados con hibisco, para
sentar mi santo culo donde quiera como para guardar
mis pequeños tesoros en islas flotando sobre agua salada.

Si mis explicaciones no hacen más que rebatirlas
en delirante mofa de mi ser, deciros que mi
dificultad para un buen despertar es el robo
que hacéis de mis sueños, que me son tan necesarios
como el dulce dormir de un tierno bebé en su cuna.

Pero seguro de tu arrogancia, espero el no por
 respuesta y el si como mentira, mitigando mi hacer
cada vez más incómodo e innecesario, sabedor que te
alimentas de mis sueños y es tu único sustento
que te permite vivir y ver el mundo girar sobre su eje.

No me queda más que vivir sin mis deseados sueños,
aquellos que mi imaginación crean y pasar una noche de
tinieblas como el finiquitado en su tumba, sin más
amago para mi ilusión nocturna que saber que al menos
doy vida a algo inanimado creado solamente para ser pisado.

Antonio Jiménez

sábado, 15 de septiembre de 2012

Religiones pa qué




“Siempre habrá religiones, porque las religiones viven de la angustia y del miedo de los hombres, y porque estamos lejos de haber terminado con los temores existenciales. El ateo está condenado a militar por una causa perdida. Pero poco importa que esté perdida, si es una causa justa. Lo irracional, lo irrazonable, la ilusión, las ficciones disponen de un futuro grandioso, pues el mundo liberal que se prepara en nuestro planeta odia la cultura, que hace retroceder a los mitos, entre ellos, la religión.”
 
Michael Onfray
(Entrevista sobre: Tratado de ateología)

martes, 11 de septiembre de 2012

El poder ni para el notario




Somos inestables como estado y entidad, nos sobran políticos por los cuatro costados y no estamos más que metiendo mano al más pobre para estrujarlo bien estrujadito y así suelte hasta la última gota del líquido de sus huesos, porque de los huevos no tienen ya porque inflados están, pero de tanto como le han tomado el pelo. Y yo me explico cómo se va solventando esta puñetera crisis que está haciéndonos sombra en nuestras espectrales vidas y tiene visos de nunca acabar, Cómo sobreviven los pobres parados de larga duración con sus ridículos 400 euros que cobran para alimentar y pagar lo indispensable al mes. Si, ya lo sé, con las ayudas de sus padres que como buenamente pueden van alargando la pensión hasta límites impensables para los alemanes. Y quieren recortarnos más cosas, como si fuéramos un recortable de nuestra niñez y se nos pudiera quitar esto y añadir este impuesto por aquí o acullá. Resulta vergonzoso que con lo que se mueve en dinero negro en esta piel de toro, el gobierno prometa un reducimiento de la pena de un noventa por ciento y solo se haya incautado poco más de 25 millones de euros.

Y la Merkel no haciendo más que exigir una deuda cero para que pidamos un rescate y su estado se beneficie de ello. Nos tienen cogidos por los cojoncillos. Si estuviéramos fuera de Europa a la que Aznar nos metió en su día con el blanqueo de todo o casi todo el dinero negro en el boom de la construcción, otro gallo nos cantaría ahora. Hubiéramos devaluado nuestra pesetilla y con ello habríamos atraído los mercados que nos estarían comprando como si de chinos nos tratáramos. Pero no, a seguir los mandatos de los países más emergentes, los que menos tasa de paro mueven y a conseguir millones de euros para dar como capital a los bancos que se quedan con ellos para pagar los sueldos millonarios de sus directivos y no para mover capital como foco de inversión para crear empleo.

Es vergonzoso vivir en un país de pandereta donde sales a la calle y ves todas las terrazas llenas de gente con su cervecita y su vinillo mientras desahucian a miles de personas a la calle por no poder pagar su súper inflada hipoteca que firmaron cuando los dos tenían empleo, dedicando uno a sufragar los gastos de dicha hipoteca. Las colas en Cáritas y la Cruz Roja cada vez están más llenas de personas que buscan alimentos porque no pueden permitirse pagar ni siquiera su manduca. Es infrahumano ver los límites de pobreza que estamos alcanzando cuando casi a diario se destapan casos de corrupción de tal concejal o consejero o portavoz o conductor o su puta madre de puestos que hay como subdelegado, delegado, y enchufado del primer pastor de la iglesia pastafari. Es vergonzoso que las huelgas generales se las pasen como tomillo por su polla, cuando es el clamor del pueblo en contra de lo que está haciendo el gobierno, supuestamente puesto en la zarzuela  por el pueblo y para el pueblo, no para hacer lo que les venga en gana.

En conclusión, todos los derechos que han ido ganando los trabajadores a lo largo del siglo XX, lo estamos perdiendo nada más empezado el siglo XXI, la patronal nos da por el culo sin vaselina y los sueldos son cada vez más ridículos y dando más horas, y quéjate, que hay cinco millones detrás de ti.

Qué lástima que lo único que me atreva a matar sea moscas, cucarachas y mosquitos.

Antonio Jiménez