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lunes, 21 de febrero de 2011

La partida


Y entonces sentí como las gotas
se derramaban por mi cara
mientras llovía entre momentos
de almizcle,
queriendo juntar
las manos para recitar
la oración
de mi despedida
sin más cometido
que el son marcado por mi corazón,
pero es de buen predicado
predicar
con gran calado
que la tristeza empañada
por la ausencia
de claridad en mi vida
se reparó desde el mismo
momento que decidí
irme a lugares con menos encanto,
más soledades
y más oscuros
al comprender humano.

Antonio Jiménez

domingo, 26 de diciembre de 2010

Sobre ti


Sobre ti no se haya más que el silencio
pronunciado por brisa del viento
que mueve las hojas
del rosal
puesto en flor
adornando tu desdibujada
tumba.

Antonio Jiménez

domingo, 19 de diciembre de 2010

No quisiera morir (Boris Vian)



No quisiera morir
sin haber conocido
los perros negros de México
que duermen sin soñar
los monos de culo pelado
devoradores de trópicos
las arañas de plata
en el nido trufado de burbujas
no quisiera morir
sin saber si la luna
con su falso aire de moneda
tiene un lado puntiagudo
si el sol está frío
si las cuatro estaciones
no son en realidad más que cuatro
sin haber intentado
llevar un vestido
en los grandes bulevares
sin haber mirado
en una alcantarilla
sin haber puesto el sexo
en rincones extraños
no quisiera acabar
sin conocer la lepra
o las siete enfermedades
que se atrapan allí
el bueno como el malo
no me darían pena
si yo supiera
que lo iba a estrenar
y está también
todo lo que conozco
todo lo que aprecio
que sé que me gusta
el fondo verde del mar
donde danzan las brizas de algas
en la arena ondulada
la hierba tostada de junio
la tierra que se agrieta
el olor de las coníferas
y los besos de la
que si tal que si cual
la bella que está ahí
mi osezno, Úrsula
no quisiera morir
antes de haber gastado
su boca con mi boca
su cuerpo con mis manos
el resto con mis ojos
ya no digo más es mejor
no ser irreverente
no quisiera morir
sin que hayan inventado
las rosas eternas
la jornada de dos horas
el mar en la montaña
la montaña en el mar
el fin del dolor
los diarios en color
la alegría de los niños
y tantas cosas más
que duermen en los cráneos
de geniales ingenieros
de jardineros joviales
de inquietos socialistas
de urbanos urbanistas
y de pensativos pensadores
tantas cosas que ver
que ver y que oír
tanto tiempo esperando
buscando en la oscuridad

Y ya veo el final
que bulle y que se acerca
con su cara horrorosa
y que me abre sus brazos
de rana patituerta

No quisiera morir
no señor no señora
antes de haber palpado
el sabor que me atormenta
el sabor que es más fuerte
no quisiera morir
antes de haber probado
el sabor de la muerte…

Boris Vian

martes, 7 de diciembre de 2010

El amor que les tengo


Ruego al mundo que el silencio me acompañe
y no haga campaña de dominio público, es mas
probable que hunda mi cabeza en el lodo infestado
de yodo por parte del todo que crucificar mi
ser en círculo compuesto por la avaricia
y la ponzoña hipocresía de la gente que odio.

Saber hasta dónde me llega la tristeza es
lo más lamentable que visita mi espectro;
las ganas de vivir se vuelven nulas y los dichos
por hechos van maltrechos por querer morir en vida.
Debo dar sustento a mis hijos que tanto quiero,
esperando llegue el día para poder explicarles mi ingenio.

Tanto fue el viejo sabio al monte para ver su porte
que un día cayó de escala torpe. Se vio en la
hondonada que nutre la ensenada y preguntó a
la hilera “¿Cuál es la razón de este traspiés,
si origen hay en la disposición?” El suave viento le respondió
“Esto te ha pasado por estar en edad de perecer, no de merecer”

Este breve inciso que me he inventado viene a
colación por no ser justo revés pensar que la
vida me esté pasando factura. Soy joven y
moriré en esa actitud, lo que me queda es
enseñar a pesar de no poder estar con mis hijos
el tiempo que merezco. Un día, cruzaré el muelle
y veré con ojos nublados el horizonte cerrado.
Hasta ese día, seguiré amando a mi gente con locura.

Antonio Jiménez

lunes, 6 de diciembre de 2010

De color rubí


Quiera tu nombre de rubí en un instante
sopesar las fuerzas de mi intelecto y huir
al rincón de lo establecido en busca de estante
para colocar pan y vino, mal ejemplo a reunir
por ser combate de gamos; vuelvo mis pasos
y convoco los responsos al valor de cien pesos.

Sé lo equivocado que estoy y no soy más patético
por no aflorar en mí más vidas de la marginal
que ya vivo. Nadie quiere cábalas conmigo y platico
cosas incoherentes por nebulosas crecientes, mas venial
es el recibo de todo lo aprendido. Nada es provecho
y nadie es converso en prórrogas de verbo hecho y derecho.

Ahora la circunstancia es invisible y la duda visible
pues añoro los paños que arreciaban mis partes;
con el tiempo volveré a usarlos, todo es divisible,
hasta la carne del hueso. Sólo han de creer al martes
como miércoles, y éste como día innoble,
ya que hasta en la sociedad la suciedad es noble.

Con cincuenta céntimos compraré la cuerda
que recuerde el final del postre. Partiré sin rumbo
fijo ya que los gusanos solo divagarán a quien muerda
con más fiereza. Será un concurso brillante al mundo
menos caótico que rozará mi legado. Todo salpicará
a quien grato recuerdo guarde de aquel que ya no brillará.

Antonio Jiménez

domingo, 5 de diciembre de 2010

La ciudad en el mar (Edgar Allan Poe)


¡Mira! La muerte ha levantado su trono
en una extraña y solitaria ciudad
allá lejos en el Oeste sombrío,
donde el bueno y el malo y el mejor y el peor
han ido a su reposo eterno
Allí hay cúpulas y palacios y torres
(torres devoradoras de tiempo que no se estremecen)
que no se asemejan a nada que sea nuestro.
En los alrededores, olvidadas por vientos inquietos,
resignadas bajo el cielo,
reposan las aguas melancólicas.

La luz del santo cielo no desciende
a esta ciudad de la noche eterna.
Pero el brillo lívido del mar
proyecta silenciosas columnas,
-resplandecen los pináculos por todas partes-
Cúpulas-agujas, salones reales,
pórticos, paredes de estilo babilónico,
sombrías y olvidadas glorietas
de hiedra tallada y flores de piedra,
y muchos, muchos maravillosos templos
cuyos imposibles frisos entrelazan
la viola, la violeta y la vid.

Resignadas bajo el cielo
reposan las aguas melancólicas.
Tanto se funden las torres y las sombras
que parecen péndulos en el aire
mientras que desde una altiva torre en la ciudad
la muerte atisba hacia abajo desde su enormidad.

Allí las tumbas abiertas
bostezan sobre las olas luminosas,
pero no sobre las riquezas que yacen
en cada ojo diamantino del ídolo
-los muertos alegremente enjoyados no
tientan las aguas desde sus lechos;
pues no se rizan las ondas, ¡ah!,
en este desierto de cristal-
Ningun temblor sugiere que los vientos
están en algún mar lejano y feliz.
Ninguna ola sugiere que los vientos han estado
en mares menos espantosamente serenos.

¡Pero, mira! ¡Algo se agita en el aire!
La ola. ¡Hay un movimiento allí!,
como si las torres se hubiesen apartado,
sumergiéndose lentamente, la cansada marea,
como si sus cimas débilmente hubiesen dejado
un vacío en el brumoso cielo.
Las olas tienen ahora un tono rojizo
respiran desmayadas y lentas.
Y cuando ya no hay lamentos terrenales
baja, baja esta ciudad hasta donde se quedará eternamente.
El infierno, elevándose desde mil tronos,
le hará reverencias.
Edgar Allan Poe

martes, 30 de noviembre de 2010

El suelo que respiro


Quisiera aprender a no ver
más allá
de los ojos por cordura
en tu amable cintura
con talle de alambre, suelta en costumbre
del amante
que pierde el sentido
por estas palabras
sin destino.

Quisiera aprender a no comprender
el mar iluminante
del suelo que respiro,
pero las compañías
me son tardías
y mi juguete sigue siendo
aquel que dejaste
en la calle a mi vera.

Quisiera aprender a no sentir
siquiera el compás
de imágenes que arrecian mis venas;
solo quisiera ser, sin entrometer
por sentir el sendero
de tu corazón
a través de mi ruego,
alimentando las hojas del requiebro.

Antonio Jiménez

miércoles, 24 de noviembre de 2010

El barco del norte XXIV (Philip Larkin)


Amor, debemos separarnos: que no sea
terrible ni amargo. En el pasado
hubo demasiada luz de luna y autocompasión;
dejemos que esto se acabe: nunca antes el sol
atravesó el cielo más descaradamente,
nunca los corazones tuvieron más ganas de ser libres,
de echar abajo mundos y talar bosques; tú y yo
ya no los contenemos, somos cáscaras que miran
cómo el grano se emplea para un uso diferente.

Hay arrepentimiento. Siempre hay arrepentimiento.
Pero es mejor que nuestras vidas se desanuden
como dos veleros llevados por el viento, húmedos de luz,
que parten del estuario con sus cursos ya fijados,
y separan las aguas, y se pierden a lo lejos.

Philip Larkin