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sábado, 24 de mayo de 2014

Un portal a nuestros sueños


A M.J.

Un instante, una frágil mirada, un desliz,
una mariposa volando ante mis ojos dentro
de un huracán; se me olvidó la desidia,
encontré la osadía, recordé la alegría,
perdí la tristeza: te encontré, amada mía.

Un fuerte abrazo fue el fragor de Vulcano,
nuestros ojos clavados, el principio del infinito,
el tímido primer beso, preámbulo del placer,
el tacto de nuestras caricias, el final del comienzo.

Antes, un hola, estás ocupada?, después un
me tengo que ir a trabajar, seguido de otro
hola, de otro día y otro, intercambio de teléfonos
y el nunca acabar fue el inicio de nuestro despertar.

Caricias, besos, delicadeza, fragilidad,
deseo, pasión sentimientos, lágrimas, emoción,
risas, placer, éxtasis; un portal a nuestros sueños.


Antonio Jiménez 

domingo, 8 de mayo de 2011

Tu silencio



Tu silencio envuelve mi pesado espectro
hasta que consigue vivir en medio de una
vorágine tachada de parca e insensata
por los ministerios del tedio, que son aquellos
que quieren lograr imponer su lectura por
bravura en este mundo tan imbécil como
lo vivo en tu ausencia. Los crisoles
de mi tierna piel son puñados de opaco
alimento al temblor de la araña que
devora mis conquistas mixtas, siendo
el aparejo de mi cordura tierra innoble
para el hombre que quiso coronar el corazón
de los pobres y se inundó en la ponzoña de los ricos.

Sea cual sea el origen de tu tristeza,
siempre me hallarás ante el espejo que
refleja tu perfecta silueta, callado, meditabundo,
esperando el brillo en tus ojos, preámbulo
a un necesario abrazo y a un interlúdico
beso bajo el naranjo que da sombra
al tejado de tu cabaña gris en la punta
norte de nuestros corazones. No digas
nada al leer estas palabras, no son
hechos consumados ni consumo al hecho,
son deseos de quererte lo que forman estos
versos con origen pero sin métrica ni más enjundia
que la calma sosegada que se escucha en tu silencio.

Antonio Jiménez

martes, 22 de febrero de 2011

Aliento


Todo lo dejaría, vida mía, hasta mi alma
en la desolada esquina donde los vagabundos
ni expulsan su sangre, todo en carne viva,
ángel mío, incluso mi deje constante de pobre
sainete que ruge su sable; todo lo dejaría,
mi vida, habida cuenta que lo poco que me
pertenece es salud aciaga y prósperas paperas en
préstamos de reclamos; pero todo lo dejaría,
alma mía, si por querer de un hombre
quisieras hacer el favor de amar hasta su
ribera como yo amo tu entereza; pero hasta
el rendirme todo lo dejaría por sólo sentir
el fresco roce de tus labios sobre los míos,
mientras me ofreces un cálido suspiro de amor
que embriaga mi sino, obligándome a resurgir
como rayo de luz tras sentir tu bendito aliento.

Antonio Jiménez

domingo, 6 de febrero de 2011

Amor de los Amores (Carolina Coronado Romero de Tejada)


I
¿Cómo te llamaré para que entiendas
que me dirijo a ti ¡dulce amor mío!
cuando lleguen al mundo las ofrendas
que desde oculta soledad te envío?...
A ti, sin nombre para mí en la tierra
¿cómo te llamaré con aquel nombre,
tan claro, que no pueda ningún hombre
confundirlo, al cruzar por esta sierra?
¿Cómo sabrás que enamorada vivo
siempre de ti, que me lamento sola
del Gévora que pasa fugitivo
mirando relucir ola tras ola?
Aquí estoy aguardando en una peña
a que venga el que adora el alma mía;
¿por qué no ha de venir, si es tan risueña
la gruta que formé por si venía?
¿Qué tristeza ha de haber donde hay zarzales
todos en flor, y acacias olorosas,
y cayendo en el agua blancas rosas,
y entre la espuma lirios virginales?
Y ¿por qué de mi vista has de esconderte;
por qué no has de venir si yo te llamo?
¡Porque quiero mirarte, quiero verte
y tengo que decirte que te amo!
¿Quién nos ha de mirar por estas vegas
como vengas al pie de las encinas,
si no hay más que palomas campesinas
que están también con sus amores ciegas?
Pero si quieres esperar la luna,
escondida estaré entre la zarza rosa,
y si vienes con planta cautelosa
no nos podrá sentir paloma alguna.
Y no temas si alguna se despierta,
que si te logro ver, de gozo muero,
y aunque después lo cante al mundo entero,
¿qué han de decir los vivos de una muerta?

II
Como lirio del sol descolorido
ya de tanto llorar tengo el semblante,
y cuando venga mi gallardo amante,
se pondrá al contemplarlo entristecido.
Siempre en pos de mi amor voy por la tierra
y creyendo encontrarle en las alturas,
con el naciente sol trepo a la sierra;
con la noche desciendo a las llanuras,
Y hallo al hambriento lobo en mi camino
y al toro que me mira, que me espera;
en vano grita el pobre campesino:
No cruces por la noche la ribera.
En la sierra de rocas erizada,
del valle entre los árboles y flores,
en la ribera sola y apartada
he esperado el amor de mis amores.
A cada instante lavo mis mejillas
del claro manantial en la corriente,
y le vuelvo a esperar más impaciente
cruzando con afán las dos orillas.
A la gruta te llaman mis amores;
mira que ya se va la primavera
y se marchitan las lozanas flores
que traje para ti de la ribera.
Si estás entre las zarzas escondido
y por verme llorar no me respondes,
ya sabes que he llorado y he gemido,
y yo no sé, mi amor, por qué te escondes.
Tú pensarás, tal vez, desdeñosa
por no enlazar mi mano con tu mano
huiré, si te me acercas, por el llano
y a los pastores llamaré medrosa.
Pero te engañas, porque yo te quiero
con delirio tan ciego y tan ardiente,
que un beso te iba a dar sobre la frente
cuando me dieras el adiós postrero.

III
Dejaba apenas la inocente cuna
cuando una hermosa noche en la pradera
los juegos suspendí por ver la luna
y en sus rayos te vi, la vez primera.
Otra tarde después, cruzando el monte,
vi venir la tormenta de repente,
y por segunda vez, más vivamente
alumbró tu mirada el horizonte.
Quise luego embarcarme por el río,
y hallé que el son del agua que gemía
como la luz, mi corazón hería
y dejaba temblando el pecho mío.
Me acordé de la luna y la centella
y entonces conocí que eran iguales
lo que sentí escuchando a los raudales,
lo que sentí mirando a la luz bella.
Vago, sin forma, sin color, sin nombre,
espíritu de luz y agua formado,
tú de mi corazón eras amado
sin recordar en tu figura al hombre.
Ángel eres, tal vez, a quien no veo
ni lograré, jamás, ver en la tierra,
pero sin verte en tu existencia creo,
y en adorarte mi placer se encierra.
Por eso entre los vientos bramadores
salgo a cantar por el desierto valle,
pues aunque en el desierto no te halle,
ya sé que escuchas mi canción de amores
Y ¿quién sabe si al fin tu luz errante
desciende con el rayo de la luna,
y tan sola otra vez, tan sola una,
volveré a contemplar tu faz amante?
Mas, si no te he de ver, la selva dejo,
abandono por siempre estos lugares,
y peregrina voy hasta los mares.
A ver si te retratas en su espejo.

IV
He venido a escuchar los amadores
por ver si entre sus ecos logro oírte,
porque te quiero hablar para decirte
que eres siempre el amor de mis amores.
Tu ya sabes, mi bien, que yo te adoro
desde que tienen vida mis entrañas,
y vertiendo por ti mares de lloro
me cansé de esperarte en las montañas.
La gruta que formé para el estío
la arrebató la ráfaga de octubre...
¿qué he de hacer allí sola al pie del río
que todo el valle con sus aguas cubre?
Y ¡oh Dios! quién sabe si de ti me alejo
conforme el valle solitario huyo,
si no suena jamás un eco tuyo
ni brilla de tus ojos un reflejo.
Por la tierra ¡ay de mí! desconocida,
como el Gévora, acaso, arrebatada
dejo mi bosque y a la mar airada
a impulso de este amor corro atrevida.
Mas si te encuentro a orilla de los mares
cesaron para siempre mis temores
porque puedo decirte en mis cantares
que tú eres el amor de mis amores.

V
Aquí tu barca está sobre la arena:
desierta miro la extensión marina:
te llamo sin censar con tu bocina
y no pareces a calmar mi pena.
Aquí estoy en la barca triste y sola
aguardando a mi amado noche y día;
llega a mis pies la espuma de la ola,
y huye otra vez, cual la esperanza mía.
¡Blanca y ligera espuma transparente,
ilusión, esperanza, desvarío,
como hielas mis pies con tu rocío
el desencanto hiela nuestra mente!
Tampoco es el mar a donde él mora,
ni en la tierra ni el mar mi amor existe:
¡Ay! dime si en la tierra te escondiste
o si dentro del mar estás ahora.
Porque es mucho dolor que siempre ignores
que yo te quiero ver, que yo te llamo
sólo para decirte que te amo,
¡que eres siempre el amor de mis amores!

VI
Pero te llamo yo, ¡dulce amor mío!
como si fueras tú mortal viviente,
cuando sólo eres luz, eres ambiente,
eres aroma, eres vapor del río.
Eres la sombra de la nube errante,
eres el son del árbol que se mueve,
y aunque a adorarte el corazón se atreve,
tú solo en la ilusión eres mi amante.
Hoy me engañas también como otras veces;
tú eres la imagen que el delirio crea,
fantasma del vapor que me rodea
que con el fuego de mi aliento creces.
Mi amor, el tierno amor por el que lloro
eres tan sólo tú ¡señor Dios mío!
Si te busco y te llamo, es desvarío
de lo mucho que sufro y que te adoro.
Yo nunca te veré, porque no tienes
ser humano, ni forma, ni presencia:
yo siempre te amaré, porque en esencia
a el alma mía como amante vienes.
Nunca en tu frente sellará mi boca
el beso que al ambiente le regalo;
siempre el suspiro que a tu amor exhalo
vendrá a quebrarse en la insensible roca.
Pero cansada de penar la vida,
cuando se apague el fuego del sentido,
por el amor tan puro que he tenido
tú me darás la gloria prometida.
Y entonces al ceñir la eterna palma,
que ciñen tus esposas en el cielo,
el beso celestial, que darte anhelo,
llena de gloria te dará mi alma.
Carolina Coronado Romero de Tejada

sábado, 5 de febrero de 2011

Ahora


Ahora suspiro por no poder estrechar entre
mis brazos ese cuerpo tan definido como
es el tuyo, tu silueta candente bajando
la ladera del este, simulando ser dos promontorios
entre la llanura que nutre mi imaginación
por poseerte entre lagunas de fuego por siempre.

Ahora evoco tus labios, aquellos tan delicados
que al contacto con los míos provocan erupciones
volcánicas en nuestro fuero interno, aquellos
que siempre se prestaban solícitos a un masaje
carnal que derivaba en la penetración lingual,
uniéndose entre ellas, en escorada masa de pasión.

Ahora vislumbro tus redondeados senos, firmes
y prietos como aguijón de espuela, fletando
al frente unos pezones que se erizaban
al contacto de mi sólo aliento y se masturbaban
al ser succionados con deleite por este pescante
de lo divino en ti, mi niña, mi sol, mi vida.

Ahora siento tus manos acariciar mi cuerpo,
llegar hasta mi cuello y asirlo con presteza
para llevarlo hasta tus labios donde se calibraba
en mil pares de hojas al viento mientras
susurrabas en él con tu aliento lo mucho
que me querías, lo mucho que le demuestro
al sol ser portador de luces más potentes
para cegar esos ojos que en la distancia
evocaban un misterio derretido en mi cuerpo.

Ahora sufro por no poder apreciar tus dotes
de amante fiel y lloro desconsolado la partida
de mi lado, con un frío beso, en la estación
del rencor, mientras tu tren partía hacia la
más lejana tierra, confundiéndome hasta la
extenuación, dejándome con la brida de la vida
tan espantada y alarmada por la soledad
que me enclaustró desde el mismo momento
de tu partida a esas tierras tan extrañas.

Antonio Jiménez

jueves, 3 de febrero de 2011

Nieva



Hoy ha nevado todo el día, y es en la
noche, cuando su blanca estirpe teje su manto
más noble, el momento el cual más te echo
de menos, pues al sólo rozarte eras capaz
de aflorar en mí un sofoco que relajábamos
entre las mantas, al contacto de nuestros
cuerpos, ejerciendo con redobles de dedos
una armonía frente a frente, exhalando
nuestro deseo mientras en cada beso respiraba
hasta tu alma, vida mía… ¿Qué quedó de
todo aquello? ¿Por qué terminó un amor tan
puro como el rayo de luna que atraviesa los
copos y débilmente ilumina mi cara? Te quise
como se quiere al contacto íntimo de dos seres
compenetrados como la vida y la muerte. Me bendecías
con tus caricias tan claras como el alba y
me iluminabas con el fulgor del deseo por
poseerme entre tus senos. Maldigo el día
que se rompió tal amor, pero los pecados del
hombre, más que la manzana, tientan el
cuerpo con mala saña, y el verdugo de nuestra
pasión ni recoger quiso los latidos que mi corazón
alcanzaban por ti, tan sólo las migajas de un torpe
confundido que apostó su deuda a juegos malabares
y perdió hasta la percha, confinándome en la soledad
más espesa. Sigue nevando y lloro por tu amor, vida mía.

Antonio Jiménez